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el luciferismo es la religión más antigua del
mundo, incluida la judeo-cristiana, invariablemente te suelen
responder: “¡Imposible! ¿Cómo va a ser más antigua que la judeo-cristiana
si Yaveh creó a Lucifer?” Aflora entonces una lacónica sonrisa en
labios del iniciado luciferino o conocedor de la ciencia, que
suspira e inicia una vez más su relato sobre los orígenes. Es de
esperar que, quien esté leyendo estas líneas, sea alguien con
interés por aprender, tanto como si es para abrazar esta fe, como
para repudiarla o simplemente conocerla. No me dolerá escribir sobre
ello una vez más. Hace más de mil años, durante la Alta Edad Media,
la Iglesia Católica irrumpió en Europa a sangre y fuego, llevando su
mensaje desde el Mediterráneo hasta el Báltico y desde los Cárpatos
al Atlántico. La impuso por la espada y por el fuego, proscribiendo
los cultos paganos ancestrales y quemando a sus sacerdotes. Para
ella sólo había un dios verdadero, y ese era Yaveh, con lo cual
todos los demás resultaban dioses falsos y demonios. Todas las
divinidades ancestrales fueron satanizadas o relegadas a simples
mitos. Entre ellas Lux-Ferre (Lucifer), el dios romano del
conocimiento.
“Pero… -me parece estar escuchando ya al lector
preguntarse- ¿Lucifer no era el Ángel Caído, aquél a quien Yavhe
precipitó al abismo en castigo por haberse creído en su osadía igual
a su creador?”. Pues no, amigo lector, no es así. En realidad, el
Diablo jamás existió para los judios ni los primeros cristianos.
Lucifer era una divinidad menor romana, y Satán, según reza el
Antiguo Testamento, un simple ángel espía de Yaveh, que informaba a
éste de si los hombres cumplían sus deberes para con él. Seguramente
esta condición de chivato fue la que debió investirlo de un carácter
negativo que, con el tiempo, llegaría convertirlo en el Maligno. Ni
siquiera el capítulo del Génesis que narra el encuentro de Eva con
la serpiente, hace referencia a diablo alguno. Si tomáis una Biblia
y lo repasáis, comprobaréis que allí el ofidio es sólo nombrado como
el más pérfido y astuto de los animales, nunca como Satán.
En una de las primeras traducciones de la Biblia
del griego al latín, hacha por San Jerónimo debió enfrentarse a un
importante dilema: la tan cacareada caída de Lucifer, hacía
referencia en realidad a Nabucodonosor, rey de Babilonia, que en las
Sagradas Escrituras era llamado “astro rutilante”. ¿Qué cuál era el
dilema? Pues que el término no tenía equivalencia en la lengua de
Roma. Ante tal hándicap, optó el traductor por denominarlo con el
nombre del dios latino Lux-Ferre, que literalmente significa “el
portador de luz”, con lo cual la caída de Nabuconosor, el “astro
rutilante”, pasó a convertirse en la caída del “portador de la luz”,
Lux-Ferre. Como ya he comentado, para la Iglesia Católica los dioses
de las otras religiones, o bien eran simples mitos, o bien demonios,
con lo cual la suerte estaba echada para la figura de Lucifer de
cara a los siglos venideros, durante los cuales, la integrista y
fanática furia evangelizadora de la Iglesia Apostólica Romana, le
haría buscar a los enemigos de su dios con ahínco y decisión. En efecto, teólogos y sabios cristianos eran de
la opinión de que, si existe el blanco, necesariamente debe existir
también el negro. Si hay luces debe haber sombras, y si existía el
dios del Amor y la Verdad, debía tener su equivalente mezquino y
embustero, y éste debía ser sin duda aquél a quien adoraban los
paganos bajo diversos nombres. Ésto no era nada nuevo, ya hemos
visto que desde muy pronto lo tenían claro los evangelizadores,
pero, llegados a un punto, debieron comenzar a emplear su
creatividad para deducir cuál debía ser su culto. Evidentemente,
brujos, chamanes, druidas y demás, debían ser los sacerdotes de ese
perverso ser; sus seguidores, los adoradores y sus rituales, la
forma de adorarlos. A la pregunta de en qué debían consistir éstos,
los sabios debieron encontrar lógica respuesta sin siquiera
informarse: si lo contrario del blanco es el negro y de la luz la
sombra, la liturgia satánica debía resultar una inversión de la
católica. Cruces al revés, misas negras, hostias inmundas… Si Dios
pedía amor y hermandad a sus hijos, el Diablo debía pedir odio y
mezquindad, y recompensar a los suyos por sus crímenes, con lo cual
brujos y brujas debían ser necesariamente seres de extrema
perversión y maldad.
Con ésto hemos llegado pues a la degeneración de
los cultos paganos, desde las ancestrales religiones naturales,
hasta el abominable satanismo que sembró el terror en toda Europa
desde la Edad Media. La gente creyó en la existencia de estos
adoradores del Diablo. Creyó que realmente el Diablo premiaba con la
felicidad terrena a los que su fe abrazaban, y solo era cuestión de
tiempo que nacieran los primeros satanistas reales, seducidos por
este mito. El satanismo nació en la calenturienta imaginación de los
teólogos medievales, que crearon con ella un enemigo que nunca antes
existió.
“Pero entonces… ¿qué es en realidad el satanismo?
¿Es la religión de los celtas? ¿La de los nórdicos? ¿La
greco-romana?...”
¿QUÉ ES EL LUCIFERISMO? Desde los albores de la humanidad, el hombre ha
creído en entidades metafísicas que representó ya en las cavernas
del Paleolítico. Entre ellas, la figura del dios cornudo, símbolo de
fertilidad y potencia, es un símbolo universal que se repite en
todas las religiones a lo largo del tiempo y el espacio. Pero no es
el único. Casi todas ellas, sino todas, hablan también del Diluvio
Universal, antes del cual, su dios se apareció a uno de los suyos
para avisarle con la prevención de que construyera un barco o
similar y que embarcara en él una pareja de cada animal. Esto último
no ocurre en todas, pero sí en muchas, con coincidencia de datos
sorprendentes a pesar de no haber mantenido contacto alguno esas
respectivas culturas –polinésicas, amazónicas, chinas, aztecas…-
entre sí, en la época en que se originaron esas leyendas, que viene
a ser la misma aproximadamente en todas ellas. Otro mito recurrente
es el del dios o ángel benefactor de la humanidad, que se enfrentó a
sus semejantes para robarles el fuego divino –el Saber- para
entregarlo a los hombres, una de cuyas versiones más conocidas es la
del drama de Prometeo. Pero, aunque casi siempre se representa de
esa manera, como un robo del fuego sagrado, hay otras que narran una
historia similar pero de forma diferente. Sería el caso de la
serpiente del Paraíso, que cometió el sacrílego crimen de dar de
comer a Eva el fruto del Árbol del Conocimiento. La serpiente es,
además, otro de ésos símbolos universales que se repiten en la
mayoría de culturas y religiones con idéntico significado,
representado continuamente como animal extremadamente astuto e
inteligente y, a menudo, pérfido. “Bueno, pero… ¿qué significa todo esto?” Bien;
tenemos pues a unos dioses que se repiten a lo largo del tiempo en
las diferentes culturas y religiones que ha conocido la humanidad,
celosos de ese fuego sagrado que es la base de su divinidad, el
Conocimiento; y, con ellos, varias historias y roles que se repiten
en todas ellas, pese a haberse originado en pueblos separados
incluso por océanos y continentes, que ningún contacto tuvieron
entre ellos. No resulta descabellado pues pensar en una misma base
para esas distintas leyendas, cuya historia debió pasar de boca en
boca durante miles de años, dando lugar a los diferentes mitos y
religiones que el mundo ha conocido. Mitos y religiones que, no
obstante, contendrían una misma base real deformada por milenios de
tradición oral. Las distintas mitologías serían pues un lenguaje de
símbolos que, de manera similar a como lo hace el onírico –de hecho,
según Freud, el lenguaje de los sueños sería una mitología personal-
de lo que hay en nuestro inconsciente, nos hablaría de una realidad
ancestral que nuestros antepasados conocieron o percibieron de
alguna manera, cuando vivían en contacto permanente con la
naturaleza. Y aquí es donde entra en juego el luciferismo.
Heredera de las religiones naturales que se
practicaron en Europa desde la antigüedad, es dogma luciferino que
todas la existentes y que han existido, que por más que renieguen no
dejan de ser hermanas unas de otras otras, hablan de una misma
verdad universal con símbolos que el hombre estableció, cada pueblo
según su cultura, y es tarea del adepto estudiarlas e intentar
separar el polvo de la paja, en busca de esa base real que todas
comparten. Entiende asimismo que esa misma verdad debe ser algo afín
a la misma Naturaleza, con lo cual las religiones de la antigüedad
basadas en el culto a ésta –paganismo, greco-romana, celta, vudú…-,
estarían mucho más cercanas a esa verdad trascendental que las cinco
grandes monoteístas de nuestro tiempo: cristiana, budista, islámica,
hebrea e hinduismo, deformadas por miles de años de intereses,
malinterpretaciones y modificaciones, intencionadas o no, del
mensaje original de los grandes profetas, que debió ser bien
distinto del que nos ha llegado a nosotros y nos enseñan como tal.
Por ello, toma como base aquellas religiones para conformar su
liturgia y filosofía, con lo cual podríamos decir que el luciferismo
es religión heredera de la celta y nórdica europeas, pero integrando
ingredientes de todas las del mundo, con preferencia hacia las
naturales. En todos los cultos y mitologías que ha habido,
se habla de un ser amigo de la humanidad, que según algunas
versiones se enfrentó a los que eran como él, e incluso a sus
superiores, en defensa de ésta para entregarles el más preciado de
sus privilegios, la inteligencia, y según otras fue él mismo el ser
supremo y lo hizo sin enfrentamiento. Según hablemos de una u otra
variantes, estaremos haciéndolo de luciferismo o bien de
luciferianismo. Según el primero, ese amigo de la humanidad fue un
ángel que se enfrentó al ser supremo. Según el segundo, fue ese
mismo ser. Todo esto puede sonar a desvarío místico, pero
tened en cuenta que estamos hablando de símbolos. Toda esta
historia, por ejemplo, podría estar hablando de un ser superior
–superior puede significar, desde simplemente más evolucionado, a
algo mucho más allá-, que en algún momento y de manera similar a lo
que ocurre con el simio en la película “2001: una odisea del
espacio”, decidió otorgar al hombre el don de la inteligencia para
arrancar los secretos del Cosmos, que podría ser –el Cosmos- ese
creador celoso de éstos al que se enfrentó. “Bien, pero… ¿por qué entonces “luciferismo” y no
“luguismo”, “mitraísmo” o “prometeísmo”, por ejemplo? Al fin y al
cabo, tú misma has dicho que Lux-Ferre no fue más que una deidad
menor”. En parte tendría razón
quien se hiciera esa pregunta. Se supone que el mecenas luciferino,
una fe que persigue el Saber como última finalidad, debe ser el dios
del conocimiento, pero éste está representado en todas las
mitologías. Personalmente pienso que el adoptar esta denominación ha
sido un error por parte de quienes lo hicieron, con el cual no han
hecho sino seguir el juego a quienes los acusaron de adorar al
Diablo judeo-cristiano. Cuando en la década de los 60 Anton Lavey
creó su Iglesia Satánica, aseguraban él y sus seguidores invocar en
sus rituales a la misma fuerza natural, que para nada era un diablo,
que aquellos invocadores mágicos de la antigüedad, concibiéndola
como un ente impersonal. Sin embargo, habían otros que también
invocaban a la misma y le negaban ese carácter diabólico, pero no su
entidad personal, y decidieron adoptar el otro nombre que la iglesia
de Roma había dado a ese benefactor de la humanidad que creyeron
diablo. Supongo que debió ser por odio ancestral y resentimiento,
que derivó en mantener un estúpido desafío. Opino que fue un error.
El luciferismo es, como he explicado, muy anterior al cristianismo,
y nunca debió consentir mantener la confusión de ser una mera
religión opuesta a ésta. En realidad, son las grandes religiones
monoteístas, que surgieron mucho después, las que señalaron como
enemigo a la luciferina y no al contrario. Por otro lado, hubo una
escisión entre los propios satanistas laveyanos, por parte de un
sector no de acuerdo con la concepción impersonal de ésa energía que
invocaban, dando lugar a “El templo de Set”, que nada tiene que ver
con los luciferinos.
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