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Hay que insistir en que todo existe y se sostiene en el Ser Uno: todo es Él y permanece en Él; nada hay fuera ni distinto de Él. Es la Unidad Divina (Todo, Identidad Suprema). En coherencia con ello, el plano de lo No Manifestado u Omega (Espíritu o Amor, vibración infinita) y el de lo Manifestado o Alfa (Verbo, vibración finita) están plena y radicalmente inmersos en la Unidad Divina. A ello hace mención San Juan en el Apocalipsis cuando recoge esta afirmación de Dios: “yo soy el Alfa y la Omega” (1,8), esto es, lo Manifestado y lo No Manifestado.

Además, dentro de la Unidad, cada uno de estos planos configura, a su vez, una unidad. Específicamente, uno es el Espíritu o Amor que emana y se expande (lo No Manifestado). Y uno es con el Principio Único que lo engendra, ya que el Hijo es uno con el Padre –“Yo (Hijo) y el Padre somos uno” (Juan, 10, 30)- y comparte sus cualidades de eternidad, inalterabilidad, infinitud y vibración pura. En cuanto al plano de lo Manifestado, también conforma una unidad, pues todas las manifestaciones -las intangibles y las tangibles- son fruto de la condensación de las ondas vibracionales asociadas a la Emanación divina, distinguiéndose entre sí sólo por el nivel de condensación y, en consecuencia, la frecuencia vibratoria.

Nuestros sentidos corporales carecen de capacidad para notar la existencia del plano de lo No Manifestado. En cuanto al de lo Manifestado, sólo perciben las manifestaciones tangibles, pero no las intangibles. Y lo hacen sin percatarse de que todas estas manifestaciones (incluida la materia y nuestra realidad física como seres humanos) pertenecen y se integran en la unidad energética y vibracional del Verbo, sostenido y existente, a su vez, en la Unidad Divina del Ser Uno. Esto tiene importantes implicaciones en nuestra vida cotidiana.

Cuando el ser humano pasa sus días en piloto automático (ego) y no abre otras puertas (intuición, inspiración, meditación, sensibilidad,…) de acceso al conocimiento, confiando exclusivamente en lo que sus cinco sentidos le enseñan, se condena a vivir ajeno a su verdadero ser, que, como después se verá, pertenece al plano de lo No Manifestado. Igualmente, limita su visión del Universo a sólo una parte del plano de lo Manifestado, las manifestaciones tangibles, ignorando las de carácter inmaterial. Y, finalmente, cae en el error de creer que las manifestaciones materiales, en general, y su propia entidad física, en particular, son realidades separadas, individuales e, incluso, dotadas de una identidad singular o personalidad. Tamaña falacia introduce a hombres y mujeres en un mundo ilusorio (“maya”) de muy reducido grado de consciencia y que en nada coincide con lo Real, convirtiendo su existencia en una estéril búsqueda sin objeto entre apegos materiales y con la muerte como amenaza constante y aciago final.